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"Alguien podría preguntarme quizás por que elegí la Meseta de Somoncura. Yo me respondo con otra pregunta: ¿Y si fue ella quien me eligió?" Daniel Blanco, Rojas, provincia de Buenos Aires, cuenta su reciente experiencia en bicicleta por el sur rionegrino. Apuntes y sugerencias para los que no conocen la zona.
El camino menos trillado Mi viaje de Rojas, provincia de Buenos Aires hasta Viedma, Río Negro, me resulto muy agotador. Mucho más si se tiene que llevar una bicicleta desarmado a cuestas. Por eso recomiendo embalarla con bolsos especiales que se pueden conseguir, de modo le llevarla como un equipaje más. A la vez que los chóferes no te cobraran un extra mas por cargarla, cosa que si tuve que hacerlo.
Hasta acá el calor se hacia sentir de manera intensa. Igualmente la noche del viaje en micro, fue con aire acondicionado. Digo esto, porque el cambio que se produce en mi ultimo tramo hasta el destino, Viedma – Maquinchao, fue notorio en el clima por sobre todo.
Pero, un ingrediente más, aumentaba mis miedos y mi ansiedad. Me faltaba recorrer en colectivo 600 km. Ya para esto tenia sumado 820 km. Pero estas dos cosas me dieron más fuerte aun: con ganas de charlar con alguien, me acerque a un grupo de árbitros de fútbol de la liga rionegrina, que viajaban hacia Bariloche. Cuando les comento sobre mi aventura, todos coincidían en que era un lugar muy duro, muy “bravo”. Y el coche lo confirmaba: nos dirigíamos no sobre pavimento, sino sobre un camino de ripio: así todo el recorrido. El frío ya se notaba en el colectivo.
En la parada Valcheta, sube alguien y se sienta a mi lado. Me encontraba con el 1er ciclista que se dirigía hacia lo mismo que yo. Esto me reconforto un poco.
Pero Maquinchao me esperaba con una noche muy fría. Tal es así que haba decidido no realizar la travesía, y regresar en el próximo colectivo.
Pero al otro día cambio de parecer. Estaba en un clima desértico, donde las noches tienen muy baja temperatura, no así los días. Y una vez ganaba el desafió. Pero gracias a Silvio Manquelef, que siempre avivo mi entusiasmo y que me hacia intuir que me esperaban vivencias increíbles.
Y partimos hacia el Caín, por la mañana tipo 10,30 horas El lago Ñao Luan y sus aguas verdes con su hermosura y la sensación de paz que transmitía fueron la mas hermosa de las bienvenidas a esta aventura.
La 1ra noche que pasamos en la meseta, precisamente en el comisionado de El Caín hicimos un cordero asado en exactamente una hora. Luego de cenar nos dirigimos a una especie de boliche, el único en el pueblo. Lugar donde se juntaban grandes y chicos a tomar algo y escuchar música.
La segunda noche Esta noche dormiremos en carpa, fue la noticia de Silvio al salir del Caín.
Llegamos a la casa de Cristian, que llegaba de juntar madera. No recuerdo el apellido. Solo se que tenia 10 años y tenia dos peones que lo acompañaban. Cristian estaba a cargo del cuidado de los animales: chivitos, muy delgados, producto de la escasez de agua. Solo un jagüel a unos 100 metros de la casa, mas abajo, proveía de agua salada, la más fría que yo he tocado en mi vida.
Seguramente que presenciar como Cristian carneaba un chivito (aun oigo los gritos del animal) sin después conocerlo y saber sus costumbres y realidades, otra hubiera sido mi historia que contara.
El mismo cuereo y lo aso. Un ciclista que nos acompañaba, Rafael, nos regalo una canción acompañado de guitarra, alrededor del fogón. Yo me sentía en paz. Como que cada situación se daba porque era parte de este ecosistema. Y nos fuimos a dormir, sin tener ya ni noción de la hora o del día. Tampoco sentía interés es saberlo… era raro, porque no lo necesitaba.
Me desperté sintiendo frió en mis pies, y una intensa sed. Me incorporo dificultosamente, en ese estrecho espacio de una carpa iglú con tres personas adentro. Una vez afuera, descubro que la luna ya no esta, solo las estrellas. Muchas, no se cuantas, pero cada una pareciera tener su personalidad, con distinta pero todas de muy fuerte luminosidad. Como un tonto me recuerdo que son las mismas que observo cada noche en Rojas. Pero están mas cerca.
Estaba pasando mi segunda noche en la meseta. Pero esta vez ya no es en un club o una comisaría, como serian las siguientes noches. Ahora estoy a cielo abierto, al borde de un cráter o una gran olla, de tantas en el norte patagónico.
Esto fue sin duda otro de mis sueños cumplidos: pasar realmente una noche debajo las estrellas.
En los 4 días de duración de esta travesía, pude notar que si bien los paisajes fueron casi monótonos, las experiencias jugaron un papel de contrapunto.
Cada sacrificio que demandaba una gran subida plagada de piedras, era retribuido con una espectacular bajada ayudada por el viento siempre a favor. Esa emoción era acompañada por una espectacular vista de la meseta.
Otra de los regalos de Somoncura, fue conocer a don Honorio, uno de los pocos que habitan este inhóspito suelo argentino. Con la diferencia, que habitaba una cueva de piedras, de una altura no mas de 1,50 metros, acompañado de dos perros, uno de ellos con una quebradura.
Las pinchaduras no tardaron en aparecer. Por lo menos en mis ruedas. Cubiertas que solo conocen de llanuras, y caminos de tierra blanda, dura, barro y asfalto. Me quede solo en el desierto. Mis compañeros los perdí de vista pues bajaron no se donde, y la FORD F 100 aun no aparecía. ¿Y que estoy haciendo acá? (me decía) Sentado en una gran roca, observaba como se refugiaban por debajo unas lagartijas.
Mas adelante, Cona Niyeu se reservaba el tesoro mas preciado. Fiel servidora de Somoncura, aguardaba con todo lo mejor para dar (¿a cambio de que?) La generosidad de Marcelo, el policía, en darnos aposento, (¡dormí en un calabozo, fue genial!) y un ayudante amigo que nos preparo el mejor asado que probé, el de guanaco (sin colesterol, sin grasa, igual sabor a la carne vacuna) Así ¿aprendí? a comer con solo un cuchillo como utensilio (risas).
Y después vendrian los peces si ropa. Perdón, ¿sin escamas? Bueno,dicen que hay. ¿Donde?, si no hay agua… ¿en esos arroyitos de vertientes? No, no te creerían. Bueno entonces no. Lo soñé. La verdad, no estoy seguro. Igualmente se me reirían. Andaaa
Por qué elegí la meseta “Más fácil habría sido ir a alguna carrera de aventura, donde, llegado el caso, se podrían retirar de la prueba. Pero en esta ocasión no habría posibilidades de abandono: tendríamos que llegar o llegar. Creo que cualquiera, con un entrenamiento medio y ganas, puede realizar las etapas. Lo fundamental son las ganas y no se puede hacer nada ante la desmotivación de la persona más entrenada.”
Acá transcribo algunas de las palabras de Mariano Lorefice, en uno de sus relatos, precisamente en el Transpatagonia 2002. Creo que resume muy bien algunos de los aspectos mas importantes de todo esto.
Somoncura es un gran oasis, que Dios ha preservado contra la contaminación del mundo, para decirnos que es posible vivir y ser feliz sin nada, con poco, con lucha.
Alguien podría preguntarme quizás por que elegí la Meseta de Somoncura. Yo me respondo con otra pregunta: ¿Y si fue ella quien me eligió?
Dos caminos divergían en el bosque, y yo… yo tome el menos trillado, y ahí esta la diferencia. Robert Frost
Daniel H. Blanco Rojas, Provincia de BsAs
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